Las empresas desaparecidas han dejado tras de sí instalaciones energéticas que vierten toxinas en los frágiles ecosistemas costeros. Y adivina quién tiene que limpiarlas.
Por Russell Gold
Octubre 2023
Bajo un cielo nublado, un avión de hélice de cuatro plazas despegó de una pista de aterrizaje al sur de Houston para realizar una patrulla rutinaria por las vías fluviales de la zona. Su tripulación, dos voluntarios de la U.S. Coast Guard Auxiliary, voló bajo a lo largo de Buffalo Bayou hasta acercarse al centro de la ciudad. Tras realizar un giro de 180 grados en su Cessna Skylane, volvieron al este, pasando por el norte de Baytown, en dirección a Trinity Bay.
Allí vieron un resplandor arco iris -de unos diez metros de ancho y unos cien de largo- que se extendía por el agua turbia, señal reveladora de una fuga en un pozo petrolífero. Ya lo habían visto antes y habían informado de ello. Ahora el pozo parecía estar vertiendo petróleo en la bahía a un ritmo más rápido.
Así que los guardacostas volvieron a avisar a la Oficina General de Tierras del estado, que se puso en contacto con la Comisión de Ferrocarriles de Texas, una institución de nombre absurdo que no tiene nada que ver con los ferrocarriles y sí con el negocio del petróleo. Una semana después, el pasado febrero, inspectores de ambos organismos estatales salieron en barco para comprobar la fuga. La rejilla metálica que rodeaba el pozo, desde la que se debería haber podido acceder a él, se había corroído gravemente, lo que la hacía demasiado peligrosa para pisarla. Esto frustró sus esperanzas de realizar un examen más detallado, y se conformaron con tomar unas cuantas fotografías del decrépito equipo antes de regresar a tierra.